- ¿Cómo anda Don Daniel?
- Medio «flojón», ando con desgano.
- No me diga, ¿conoce a desgano!!!
- Bueno…, ando con desgano.
- Mire, un tal Peripecio Pilín, como Ud. conoció al tal desgano. Era «puestero» en la Estancia Molino Petiso, Paraje Tres Bocas, Departamento de Paysandú. «Risulta» que de un salto el desgano se le trepó al anca del caballo. Era un mediodía caluroso, porque el desgano se da mucho con el calor. El Peripecio no le hizo mucho caso, era un desgano chiquito, como quien dice «un pichón de desgano». Cuando llegó al rancho «dentró» y atrás el desgano, arrastrando los «pieses». Cuando el hombre quiso acordar, en un descuido, el desgano se le sentó en el banquito de tomar mate. Mire, estuvo a punto de «volarlo de un moquete», pero lo pensó un momento y se le fueron las ganas. «Risulta» que el desgano es muy pero muy mimoso, sabe? Se le acercó a los «pieses, le lambetió las alpargatas», y se le fue trepando, silencioso, medio pegote el tal desgano. Peripecio estuvo a punto de bajarlo de un manotón, pero se quedó en las ganas porque se le fueron las ganas. Cuando quiso acordar, el desgano lo estaba empujando «pa’l catre». No era hora, pero, «pa’ no tener cuestiones», se dejó arrastrar.
- Al otro día estaba «incapacitu pa’ levantarse» y el desgano le pintó el rancho de gris, se lo forró de corcho «pa’ que no» escuchara los pájaros y le empañó los vidrios de las ventanas «pa’ que no viera pa’ fuera». El desgano tuvo un momento de descuido. Al Peripecio se le aclaró por un instante la «mollera», y se dió cuenta que era necesario luchar contra el desgano. Apenitas si le quedaba una pizca de «voluntá», porque el resto se la había devorado el desgano que cada día se ponía más gordo. Otra cosa que tiene el desgano: es de fácil engordecida. Es goloso…! Diga que el hombre se prendió al pedacito de «voluntá» que le quedaba. Salió «pa’ fuera» a los gritos. Salió con el hacha en la mano, y encandilado de la luz del día, agarró un hacha y se puso a «picar leña» con furia. A cada hachazo pegaba un grito «pa darse coraje», y con tanto grito el desgano se retorcía, se revolcaba, hasta quedar hecho una porquería, y salió haciendo muecas de dolor y de rabia. Peripecio le avisó a los vecinos pa’ que se cuidaran de un desgano que andaba en el pago, pa’ que no se les fuera a meter en los ranchos, y de ser posible, que lo mataran de chiquito «no má».



