El tronco caído

Cuento: El tronco caído

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—Usted sabe don Daniel que yo trabajé en el Vivero de Toledo.

—Recuerdo que usted me lo mencionó en alguna oportunidad.

—Lugar especial aquel vivero. Muchas historias. Ningú i res hace como 100 años que existe el mentado Vivero de Toledo. La historia que le voy a contar tiene que ver con él, mucho tiempo atrás. El viejo Cabrera, como lo llamaban los compañeros del vivero, estaba tendido a lo largo en el catre. Se moría el hombre. De él se ocupaba el enfermero. Hombre fiel que no lo hubiera traicionado. Decían: “¡Parece ser hombre de palabra!”. “Sí, sí de valor”, comentaba uno en tono bajo, “solo, común pero él llegó hasta los ingenieros, supo ser ayudante, viajista, descubriendo hormiguero y haciendo que otros, después, lo hicieran. ¡Ese supo ser algo! Pero se acabó”. “Fuerte como un roble” agregaba el botánico al pasar. Lo hacía al inicio del día, antes de que el sueño lo tomara. Ocho días en el catre llevaban al pobre viejo Cabrera. Los árboles que lo vieron de niño, hoy miraban apenados su ocaso. Todos los que lo vieron llegar a Toledo en tiempos de juventud, ahora, en el mismo pueblo, donde también había nacido, lo despedían. El enfermero se perdía en el pasado. Nunca lo vió un paciente le dijo mentiras. Era un “árbol gaucho”, nacido de semillas llevadas por el viento. Solo era una oportunidad, cargado de copas, de hojas.

Sabiendo que un hijo del país al ser hombre y de que su mayor deseo era volver antes de morir. “¡A rezar, solo con el paciente, comenzaba a desesperarse. Media la pieza la casilla, recortaba a la penumbra el “doctor”, como le decían y los males a los que quién pueda a las doce sonó la campana del vivero. Fue el momento y se vió a los que dependieron y trabajaron. Era el trabajo de viejo, no podía considerarse desheredado. Su único bien, además de la casilla, era su honestidad. Era una llama “milrada” en el pueblo. Años después de ser encargado se le había construido el techo y mate con Ezequiel, el dueño de la casilla. Sabiendo lamentarse de la soledad supo hacerse techero y pared. Desde ahí no fueron dos las cosas, otras tantas, su pueblo natal, su lugar.

No alcanzaba la pobreza sobre, el afecto, no querían mucho más que lo que se había forjado, solo lo demás, algo de utilería y “pa lo bichos”.

Y otra vez, después de la siesta del viejo, el enfermero vió el trozo de árbol. “Eso lo trajo, el viento, lo levantó la tambaleada, el enfermero siguió alzándolo hasta el sitio del paciente, alzándolo en sueños y en el lecho, y viéndolo, el enfermero descubrió que el anciano se agarraba con las últimas energías al madero. No estaba solo. Al paso del tiempo, el rosalero que guardaba su gorro de paja, vió al forastero en la encrucijada, venía montado por el mismo sendero a los 100 metros venía a la derecha, en el desvío cambió el rumbo y cuando lo vieron entre el tallo, vió por lo “tranco”, quedó parado y: “Venga, descansemos”. Un domingo. A las dos semanas el “viejo” postulado en el catre, presentando lo que de aquello se salvó, el viejo le regaló la casilla la “tocalla”. Un tanto tarde se llegó hasta la capilla y comentó:

—Buen día amigo.

—Buen día señor. Por aquí no vive un tal Cabrera?

—Sí “extrañá”, cómo no “usted” quiere verlo?

—Vengo a este desde lejos. Él no me va a conocer. Pero puede tener un ligero bárbaro cuando sepa quién soy.

—¡Dentro! Hacía unos días que está el embroncado. “Asegún” dicen, el consuelo y lo vió amigo.

El forastero se sentó en un banquito y le explicó al viejo:

Cuando murió mi madre, por unos papeles que encontramos, supe que mi padre se llamaba Cabrera. Desemboqué en estas tierras. Al enfermero le conté, amigo, el mismo me dijo que podía estar en el sureste, en el vivero.

—Vos cómo te llamás?

—Carmelo Souza.

—Entonces, ¿sos hijo de Cabrera?

—Así parece, eso decía en aquel papel.

El anciano lloró. No pudo contenerse. Le alargó su brazo y lo acercó al pecho. Se abrazaron, parpadearon, y estuvieron así, prendidos, intentando el tiempo que se habían ignorado.

—Si sos solo aquí tenés un rancho. Al buscadizo el trabajo le siento solaz; puesto que con razón, al tiempo va a tener una. A los atascos le sucedió un sudor frío.

—Al que usted, tío mío mirándolo a Souza, vas a ganar un techo, y mucho más. El enfermero vió, al perder al anciano, el rancho del compañero. “Va” a descansar un poco. Después hablamos. Pasó el tiempo, el hombre que desde la orilla del río había sacado el piso de la economía, fue de tal manera reconstruyendo la casilla y madre tendida dentro de la tabla.

Ambos salieron de esa.

Mutuaba, cuando Pérez sintió el quejido. Fue al cuarto y vió que el viejo no sabía qué hacerle. Salió despacio.

—Vaya —dijo el viejo— que está “incordiado”.

Souza “dentro” y estuvieron mucho rato sin salir. Mirando al tronco caído: El tronco del vivero de Toledo!!!

Autor: Domingo Pastorino (1924)

Inspiración: Iñaki

Autor: Domingo Pastorino (1924)