HELADAS LAS DE ANTES

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En una tardecita de Agosto habíamos estado
de pencas. Nos reunimos en la enramada
del boliche e hicimos un fueguito. Un frío de
aquellos mire.

En la rueda estaban Don Brigido López y
Don Severo González, dos buenazos para las
contadas. No había vuelta la topada tenía que
darse.

En eso se arrima un paisano.

— No me hace un lado, Don Severo? Estoy sin
poncho y medio lejos del fogón.

— Como no amigo, arrímese no ma’. Lo que
pasa que Agosto está por ofertarnos una
helada de esas macanudas!!

— Como la de los otros días. La más grande
que nunca vide.

— Lo que pasa es que Ud. es muy joven. Las
heladas de aura no andan ni cerca de las de
antes.

Mire el silencio se cortaba a facón. Seguro
que Don Severo se largaba con una prosa.
Seguro que sería buena, porque Don Brigido
estaba pronto pa’ retrucar.

— Hace unos cuantos años andaba de pastoreo
en Agosto. Seguro, no era como aura, que
hay pastoreo en el alambrado y aguada por
todos lados. Entonces, en la noche había que
rondar tropa. A mí me tocó el cuarto de ronda
con mi hermano que era muy pitador y tenía
costumbre de escupir a cada rato. Apenas
montó, tiró el pucho, escupió y se le heló la
saliva en la boca. Le quedó pegada, como si
fuera una cachimba de vidrio, vio.

— Que las peló, dijo uno. Tremendo silencio se
hizo. Todos esperábamos la respuesta de Don
Brigido.

— Es así como dijo Don Severo. En tiempo
de antes todas las heladas eran cruyeras!!
Mire, andaba con tropa y vi la helada más
grande de mi vida. El campo había amanecido
como una sábana, pero gruesa vio. Me había
tocado hacer el asado antes de reiniciar la
marcha. Teníamos una pala y un cuchillar.
Miré en la vuelta del fogón y encontré un palo,
derechito y puntiagudo. Ideal para un asador
caponero. Inserté la carne, clavé el palo en
la tierra y arrimé unas brasas. Eran pocas
ma di vuelta pa’ limpiar el mate y siento al
capataz que me grita: “Vasco, se te escapa
el asado!!”. Tuve que correr pa’ alcanzarlo,
se iba corcoveando. Don Brigido se calló,
era un maestro pa’ los silencios. Resulta que
el palo derechito y puntiagudo que había
elegido como asador, era una bruta crucera
congelada!! Cuando sintió el calorcito de las
brasas revivió de golpe y salió disparando
pa’las casas. Pobre animalito de Diú.
Intérprete: Iñaki

Autor: José María Obaldía (1925 – 2025)