UN GAUCHO

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Montes llegó a la pulpería de Anchorena en su propia carreta.

Se acercó a la reja y le dijo al pulpero:

  • Sé que murió su carrero viejo y vengo a preguntar si me precisa.
  • ¿De dónde es?
  • De Puntas de Pan de Azúcar.
  • Y en tu pago, ¿no tenían trabajo?
  • Mi pago es donde yo ando.

Montes estuvo allí poco más de un año. Hasta el día que Martina dio a luz una niña. La joven, concinaba, lavaba, ordenaba la pieza del dueño y atendía las mesas de la pulpería. Al irse Montes le dio la paternidad a la hija de Martina.

Mucho tiempo después un parroquiano supo de Montes. Estaba por el Chuy, cerca del almacén del turco Gómez.

Bernacochea subió hasta Aceguá con una tropa y trajo noticias suyas. Lo había encontrado de mercachifle de frontera en un carro de cuatro ruedas.

Tal vez hubiesen pasado unos diez años, cuando Anchorena fue a Melo con unos lanares finos para una exposición. Bajó frente a la enramada de una pulpería, a fresquear un poco, cuando llegó Montes.

  • Anda bien – le preguntó el vasco.

Montes manejaba un carricoche con cajón detrás.

  • Ahí, ahí, contestó.

Anchorena lo invitó algo y se acercaron a la reja.

El vasco le acercó unos pesos:

  • Tome Montes, a mí me sobran y usted los precisa.
  • Gracias, no voy a verlo más para devolvérselos.
  • ¿Dónde vive Montes?
  • En todos lados… Qué va’ hacer…

El vasco se despidió y se fue.

En la pulpería de Bentos, en la granja fronteriza, la gente hacía tiempo jugando al monte. Al otro día habría carreras cuadreras. Casi a oscuras, en un galpón donde se amontonaban pellejos y cajones, ocho o diez viejos desuntan el vicio en jugadas de real. Entre ellos estaba Montes. Un negro viejo, medio borracho, negó la jugada. Montes lo tomó del pañuelo del cuello:

  • Si no tenés plata andá pa’ fuera!

El negro sacó un facón y se lo enterró en el vientre.

Al otro día, mientras la gente gritaba sus apuestas en la pista de Borges, cuatro o cinco viejos conducían el cajón al camposanto. Entrecaminos galopaba un hombre. Alcanzó al cortejo. Buen mozo, bien montado y con buena ropa.

  • ¿Montes? – preguntó.
  • Sí.

Uno de los viejos tiró un terrón sobre cajón. El joven lo imitó.

¿Usted lo conocía?

  • No. Contestó el mozo. Pero no está lejos que fuera mi padre.

Autor: Juan José Morosoli
Versión: Iñaki