Una visita de campaña

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Nuestras chinas de campo, apenas divisan una visita a lo lejos, rebosan de contentas, y van a mudarse las chancletas y a ponerse una moña en la cabeza.

Las traes chinas del rancho de Pallares salen corriendo por el único peine desdentado, a prepararse. Mientras Calista se peina, Eusebia saca su enagua almidonada y Gervasia su moña rosada.

– Mirá che, como se ha puesto la cinta está, si parece un corcovo!

– Si no hay siquiera un maldito espejo!- contesta Calista. Y vos que venís diciendo? Fíjate como tiene hinchada la enagua Eusebia! Parece que está por parir!

Calista, mirando a Gervasia, le dice,

– Cómo te has puesto los polvos! Estás como con lamparones de harina! Como una boga pronta para freír!

– No le dije que cuando pase el turco Keni, hay que negociar un espejito?- aporta Gervasia.

A lo lejos, las visitas comienzan a hacer señas. Mis Caledonia viene en su petiso lobuno y barrigón; y la hija, Socorro, monta un tobiano alto.

Las tres hermanas ataron los fletes en la enramada y todas enteraron al rancho. Las visitas y Calista se sentaron, las otras de pie.

– Y ustedes? -preguntó Caledonia- no se sientan?

– Nosotras -contestaron Eusebia y Gervasia- somos gustosas de estar paradas.

– Andá Gervasia, cebate unos mates -dice Calista.

Quieren dulces o amargo? Hay de todo; y sí quieren con toronjil, también hay.

– Para mí amargo, según decía el tío Pancho, así se acostumbra uno a la amargura de esta vida perra.

Iba languideciendo la conversación con espacios silenciosos cada vez más frecuentes; se había hablado de todo, el ganado, la peste, la caballada y Socorro exclama:

– Que les cuente mis Caledonia lo que vió en la ciudad!

– Es una barbaridad! Caledonis se levanta la pollera hasta la rodilla. La baja rápidamente para no mostrar demasiado los tobillos. Hasta aquí! Y con el pelo corto y fuman!

– Fuman? -preguntan las Pallares.

– Fuman, y cómo fuman!

– Pero todo éso lo podemos hacer nosotras también -dice Eusebia.

– No, para eso hay que tener buenos tobillos y la nuca limpia, sin pelusa – aporta  mis Caledonia. Y hay que ver como bailan el..el…

– El charleston – dice Socorro 

– Si lo vienen, es como para ponerle un tacho de leche colgando del cuello a los bailarines. Sale la manteca hecha al instante! – dice Caledonia.

– Se sacuden? – preguntó Calista.

– Y cómo!

-Ha de ser linda la ciudad!

– Ahí – dijo Socorro – nadie se aburre.

– Callate; qué sabés vos! – replicó mis Caledonia –

Una hora más tarde que de nuevo solitas las hermanas Pallares. En silencio, Calista, Eusebia y Gervasia, se miran una a otra a la luz del farolito, seiran las micas y los tobillos!

Autor: Pedro Figari (1861 – 1938)

Adaptación e intérprete: Iñaki

Autor: Iñaki